Ya desde que tomó sus primeras lecciones, a Flavio Balaguer le sonó triste el clarinete. Su profesor no reparó en ello hasta que comenzaron a tocar piezas rápidas, en Allegro, en las que, incomprensiblemente, una aureola de melancolía asolaba los trinos, arpegios y escalas en tono mayor compuestos con afirmativo optimismo. En apariencia, la emisión era correcta, así como el tempo, la afinación y las articulaciones, pero algo misterioso, indescriptible, coloreaba sus notas de un gris poético y do...
Escrito por Raul Mallavibarrena el miércoles, 01 de febrero de 2012